domingo, 3 de enero de 2016

SIN MANOS

   Ayer lo vi en la plaza. Hace mucho no lo veía.
   Creo que cuando crecí las obligaciones nos distanciaron. Casarme, dejar el barrio, esas cosas que siempre te arrancan del lugar dónde naciste. Él, en cambio, sigue ahí. Y por algún motivo, como cuando éramos niños, continúa visitando la plaza.
   De chica solía mirarlo durante horas, más bien admirarlo. Lo que más me llamaba la atención era que él nació sin manos. Nunca le importó demasiado. Lo vi jugar, andar de acá para allá, hacer amigos. Lo vi hasta cantar como si en la vida las manos no importaran nada.
   Yo solía hacerme preguntas sobre cómo haría él para hacer lo que yo hacía. Las cosas simples para mi de seguro hubieran sido más que complicadas si me hubieran privado de mis dedos. ¿Cómo tomar la taza del desayuno? ¿Cómo buscar el cuello de una prenda para ponérmela por la cabeza en las mañanas? ¿Cómo atarme los cordones? No se… tantas situaciones se me ocurrían.
   Me sentía una inútil y me surgía esa especie de admiración y envidia. Él tenía, claramente, una fuerza de voluntad y de vida inigualables.
   Hoy, sé que construyó su casa él mismo. Ahora lo veo incluso, jugar con sus hijos. Me mira y le devuelvo la mejor sonrisa que tengo.
   Él nació sin manos, nunca le importaron, nunca las necesitó. Era quien era por ser diferente y dignificaba su vida así.
   No era humano. El destino quiso que fuera pájaro y le dio alas para volar.


                                         Miriam Frontalini (C)