jueves, 29 de septiembre de 2011

EL MISTERIO DE LA BAILARINA

Una brisa de aire enrarecida jugó a hacerse la misteriosa y se me heló la piel. Caminé entre los árboles, buscando la marca que el espíritu había señalado. La adrenalina subía. La respiración se entrecortaba y la necesidad de encontrar la verdad se volvía un peligro latente. Para no perder detalle, mi mente volvió a recordar cada parte de la historia.
La mañana del lunes 3 de abril había salido a caminar por el pueblo al que acababa de llegar de vacaciones. Choqué con una mujer que venía hablando sola, con apariencia confundida. Cuando reaccionó y me vio, dio un grito terrible, agarró fuerte mi brazo y me llevó a las rastras hacia una puertita de madera verde. Traté de no resistirme. Aunque suene loco, ya me ha pasado muchas veces.
La puerta daba a un pasillo central, a modo de patio interno, que conectaba varias habitaciones. La más cercana era el living de la casa, en el que una anciana tejía. La canosa mujer se levantó sobresaltada, se acercó y tocó mi rostro. Al cabo de quince minutos pareció entender mi necesidad de una explicación y dijo con voz temblorosa:
-Hace unas semanas, mientras acomodaba la alacena, algo me asustó. Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que era un ladrón, que había cerrado mal la puerta, que estaba en peligro; pero al contrario de lo que alguien con dos dedos de frente debería haber hecho, me asomé y quedé inmediatamente paralizada. Allí, frente a mí, una joven casi transparente bailaba alrededor de la mesa. Parecía no notar mi presencia y el aire se había vuelto demasiado frío, un frío extraño. Comencé a mirar a mi alrededor buscando el lugar de dónde provenía la música de la bailarina. Ella paró en seco y me miró. Juro que sus ojos atravesaron mi cuerpo como millones de agujas de hielo. Ni un gesto, ni una sonrisa, ni un ceño fruncido. Su piel era transparente pero sus ojos; sus ojos parecían la más oscura noche que haya visto. Dos abismos. Desde entonces ella sigue apareciendo a diario, aunque ahora no se si vendrá pues ella, eres tú.
Eso me sorprendió. De niña siempre pude ver cosas que los demás no veían. Era todo un fenómeno: “La nena que hablaba con fantasmas”. Admito que no fui muy popular en la escuela, y de grande continúa siendo extraño el acercarme a alguien para darle un mensaje del “mas allá”. Aún así mi experiencia me había enseñado que los espíritus son entes selectivos, no hablan con cualquiera, no aparecen porque sí y definitivamente no usan el cuerpo de otras personas para presentarse.
Charlamos toda la tarde sobre las apariciones, reacciones, posibles mensajes. El espíritu de la bailarina era bastante curioso, se limitaba a bailar, las miraba y desaparecía. Nunca hablaba. Esperé hasta la hora en la que solía aparecer. Mi doble espectral surgió de la nada, haciendo pequeños saltos, giros, delicados movimientos de manos y pies. Al verme flotó hasta mí y tocó mi frente. Inmediatamente todo se puso negro.
Vi sangre, un hombre del que no podía distinguir facciones, un bosque con un árbol de tronco negro (cómo petrificado), un claro, una estrella de cinco puntas, cuatro jóvenes con sus cuerpos desnudos, mutilados. Luego una gran luz me cegó y tardé en volver a divisar los muebles del living donde estaba. Ella había desaparecido.
Llamé de inmediato a mi amigo, el detective Thompson. Muchas veces habíamos trabajado juntos, resolviendo asesinatos en los que ayudaba dando pistas que me eran reveladas por las propias víctimas. Él no tardó en responder. Al día siguiente ya se encontraba en el pueblo y me pidió que lo llevara a la casa donde se sucedían las apariciones.
La bailarina volvió a presentarse en la casona de las damas. No dejó de bailar hasta que me vio llegar. Se aproximó con un gesto que helaba la sangre y penetró nuevamente en mi cuerpo. Me mostró imágenes recortadas del pasado: un hombre sin rostro encontrando entre la basura un libro de magia negra, su desesperación ante la pobreza, sus primeros “trabajos” con ratas y velas, la preparación en el bosque de la estrella con su propia sangre, el primer secuestro, la primer muerte, la primer cabeza. Salió de mí y claramente dibujó en la mesa el ciclo lunar señalando la luna nueva.
El inspector me preguntó que pasaba y al relatarle la experiencia, se fijó en el calendario de su billetera. No podíamos esperar. Todo debía hacerse antes del anochecer si queríamos saber qué estaba pasando. Decidimos empezar a buscar en el bosque más cercano y aquí estamos.
Encontré el árbol de tronco negro y el claro que vi en las visiones. El otoño había escondido el suelo bajo un colchón más que espeso de hojas marrones y amarillas. El espíritu se presentó señalando el lugar. Grité desesperada y al instante una avalancha de ladridos interrumpió el silencio. Policías y sabuesos vinieron a mi encuentro y empezaron a escarbar.
Allí estaba la estrella de cinco puntas, los restos de velas, plumas de cuervo y trozos de azufre cerca de los restos de una fogata central. En cada punta el hedor a sangre y descomposición delató la presencia de cuatro cabezas humanas. Cinco puntas, cuatro cabezas.
-¡Falta una! Tal vez ella nos esté diciendo que es la próxima ¡Aún no la mató!-
Entre los nervios surgieron las dudas.
-Esto no tiene sentido. Si ella no está muerta no puede aparecer como fantasma. Si es una de las que encontramos, ¿de quién es la cabeza que falta?-
El resto del personal policial seguía rastrillando los alrededores del bosque, en busca de los cuerpos. Una cabaña cercana poseía en su interior las respuestas. Nos topamos con todo tipo de cuchillas y elementos de tortura. Las paredes tenían inscripciones con distintos símbolos hechos con sangre. Una trampilla llevaba al sótano en dónde cuatro cuerpos descuartizados, envueltos en bolsas de consorcio y enterrados daban por terminada la búsqueda. ¿Sería una de ellas la bailarina?
Los análisis no se hicieron esperar. Se usaron todas las bases de datos disponibles. La respuesta nos dejó helados. Las huellas y los restos de cabello encontrados señalaban un solo sospechoso: Preston Miller.
Las malas lenguas siempre habían dudado de cómo pasó de ser nadie a gobernar el pueblo. La respuesta que surgía por las claras era que en algún momento debió limpiar algo demasiado sucio y por eso muchos le debían favores.
Los detectives comenzaron a buscar su paradero. En poco tiempo toda la policía rodeó su casa. Preston se acercó a las rejas blancas de su propiedad para charlar.
Recuerdo bien su sonrisa porque fue el momento exacto en el que descendí del patrullero que la cara se le desfiguró al verme.
Dos policías saltaron desde el techo al que habían logrado subir por un lateral y lo tomaron por sorpresa tapando su posible huída. No hizo falta. Miller agarrado a los barrotes de la reja y mirándome con los ojos desorbitados empezaba a llorar y a gritar desesperado.
Inmediatamente empecé a hablar con una voz ronca, extraña y en una lengua que solo él, la bailarina y yo (al parecer) podíamos comprender.
-Quisiste engañarme, pero no se puede jugar conmigo. Cruel castigo a quien traiciona al Gran Traidor. No completaste el trato y ahora sufrirás porque es tu vida la que vengo a llevarme. Tu alma es el precio, tu cabeza el recordatorio. No habrá más soles ni lunas para ti. Porque todo lo que te he dado te he sacado. Te equivocaste al elegir.-
Me perdí en los ojos aterrados del hombre, vi el momento de su pacto. Cinco cabezas, cinco almas vírgenes a cambio de dinero y poder. También vi lo que el espíritu refería como “traición”. Miller sabía que si cortaba la última cabeza, esta vez, sólo quedaba entregar su vida y decidió dejar el pacto inconcluso, no matar la última víctima. Quiso quedarse con todo sin pagar el precio convenido. El demonio, enfurecido, venía a cobrar la deuda.
Nadie sabe cómo se corrió la noticia. La gente se hizo presente frente a la casa. Pasando sobre la autoridad policial, tomaron al hombre y lo molieron a palos hasta darle muerte.
Nunca encontraron a ninguna mujer en el domicilio de Preston. No hubo jamás ninguna bailarina.
Entre el tumulto y la lucha de los efectivos para recuperar el nuevo cadáver, nadie se percató de que mi cuerpo, con una sonrisa macabra en los labios, se fue alejando por las callecitas del pueblo… bailando. 
                                                              Miriam Frontalini

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