domingo, 11 de septiembre de 2011

SIN SALIDA

  ¡Te busqué, te juro que te busqué! ¿Te creés que fue fácil despertar y ver que no estabas? Tengo miedo, miedo a que te haya pasado algo, miedo a no volverte a ver.
Tengo miedo por vos, y si, sé que me vas a decir que soy egoísta, pero también tengo miedo por mí.
Ya perdí la cuenta de cuántos días van, la penumbra que antes lastimaba los ojos se hizo parte de todo.
He dejado de tener asco por los bichos que no veo y de vez en cuando, si siento que algo camina por mi piel, me pongo a adivinar cuántas patas tiene o me lo como. Los viscosos son mis favoritos, creo que desarrollé cierto morbo a sentir su cuerpo baboso entre mis labios. También creo que no hace falta aclarar que ya se acabaron los víveres. 
Estoy nervioso, la oscuridad, la soledad y el hambre no ayudan. Me hacen temblar los gritos desgarradores que vienen de algún lado de la cueva.
¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Cómo fue que nos trajeron? Todo sigue siendo muy confuso. Sólo recuerdo la luz, esa luz terriblemente blanca que salió de la nada… que nos metió en “esta” nada.
Recuerdo que corrimos a escondernos, se veía romperse la calle y algunas cosas volaban hasta que la luz lo tapó todo y ya no pudimos ver más.
Ya sé que no sé quién sos, no se cómo te llamás y la verdad no me importa. En serio me está inquietando que no estés.  Los gritos se escuchan cada vez mas fuerte y eso sólo puede significar una cosa. Están más cerca.
¿Estás ahí?, ¿Sos vos? ¡la puta, para qué grité!
Una mano húmeda me tomó el pie y me lleva arrastrándome por el piso rocoso. ¡Auxilioooooo! ¡Auxiliooooooo! Es inútil no hay nadie, o nadie quiere meterse, ¡cobardes! ¡hijos de puta! ¡Soltáme infelíz! Pataleo para tratar de zafarme pero es inútil, lo que sea que me lleva no piensa dejarme ir. Siento el hilo de sangre de mi pierna. Chorrea desde las heridas que me hacen sus uñas clavadas en la carne.
Escucho más gritos. Están lastimando a alguien. Lo sé, no sé cómo, pero lo sé.
Lo que sea que me lleva me arroja con todas sus fuerzas a una pileta con un gel rojo oscuro, amarronado, que no me deja mover.  Arriba tengo un espejo que me devuelve el reflejo del cuerpo ensangrentado, huesudo y sucio.  Pero ¿Y esa luz?
Me doy cuenta que la luz sale del espejo, justo en el mismo momento en el que mi reflejo traspasa la lámina de vidrio con un bisturí en sus manos.
                                                                        Miriam Frontalini.

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